© Jimmy Katz Conciertos oficiales Festival de Jazz de Zaragoza
Hace muchos años que Kenny Barron no precisa de especiales señuelos para convencer a la afición de que dispone de valores sobrados para subir a cualquier escena. En las cuatro décadas últimas, es habitual que su piano despunte en una fórmula de pequeño formato instrumental que, posiblemente, sea una de las que mejor ayuda a la expresión más libre del artista. Esta formulación -muchos piensan que una invención del jazz moderno, es decir, todo el que se ha hecho dentro de cualquier corriente- es la protagonista instrumental de esta velada. Con dos socios en la rítmica de la importancia de la contrabajista Linda May Han Oh, y el baterista Greg Hutchinson, y, en la zona frontal, la cantante Ekep Nkwelle.
La primera lleva mucho tiempo demostrando ser una sorpresa permanente, una intérprete originaria de Malasia con un asombroso instinto para acercarse a la vanguardia, y con técnica clásica muy bien pulida. Y si lo último es posible entenderlo con relativa facilidad, lo primero deja verdaderamente pasmado. Greg Hutchinson, por su parte, es un percusionista finísimo que hace encaje con la caja y los platos, y, cuando se queda solo, es incapaz de permitir que se le cuele una evidencia, un ardid o un recurso vulgar en su exposición.
Así de sólida es esta sección rítmica a la que Kenny Barron incorpora ahora a la cantante Ekep Nkwelle, que el pasado año causase gran sensación como titular de un grupo propio en el festival de jazz de Terrassa. Ella, junto a la presencia de Linda May Han Oh, representa la novedad más importante en la carrera de quien, como Barron, arrastra ya seis décadas de trabajo en las que ha hecho crecer y ha asentado un estilo que carece de secretos para el buen aficionado.
Ochenta y tres años de edad y nacido en Filadelfia, aunque residente en Nueva York desde principios de los años 60, un momento en el que debutó en los grupos de James Moody, Lou Donaldson y Lee Morgan. Más tarde, decidido a convertirse en uno de los mejores estilistas del bebop, llegarían colaboraciones tan preciadas como las realizadas para Roy Haynes y Dizzy Gillespie, al que conoció cubriendo la baja de Lalo Schiffrin en su quinteto. Así las cosas, desde que medió la década de los 60, la existencia de Kenny Barron se había convertido en un auténtico torbellino de nombres e influencias: Freddie Hubbard, Stanley Turrentine, Yusef Lateef, Milt Jackson, Buddy Rich, Jimmy Heath, Stan Getz y muchos más.
Barron, que –junto al saxofonista Charlie Rouse- también fue fundador del grupo Sphere, es un técnico de formas exquisitas que, no sin razón, a menudo han sido comparadas con las de Milt Jackson o Tommy Flanagan. Es apasionado pulsando con la mano izquierda el teclado de su instrumento, y desinhibido y certero hilvanando melodías por donde nadie lo haría, con la derecha. Y, por si esto era poco, es además un compositor muy inspirado, que, en un cincuenta por ciento, trabaja en sus directos sobre sus propios materiales, repartiendo el otro cincuenta entre atenciones a la obra de Thelonious Monk, Coltrane, Ellington, y a toda clase de estándares llegados de cualquier momento y lugar.
Kenny Barron - Piano
Linda Oh - Contrabajo
Greg Hutchinson - Batería
Ekep Nkwelle - Voz